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Jésed: la bondad desbordante y la manera justa de dar

Jésed es la cuarta sefirá del Árbol de la Vida. Qué significa, cómo la define Maimónides, en qué se diferencia de la justicia y cuál es, según la tradición judía, la forma más alta de dar.


Jésed (חסד) se suele traducir como bondad, misericordia o amor generoso. En el Árbol de la Vida es la cuarta sefirá y la primera de las siete que los cabalistas llaman inferiores, las que tienen que ver con las emociones y la conducta. Ocupa la columna derecha, la de la expansión, y la tradición la asocia con el patriarca Abraham, cuya tienda estaba abierta por los cuatro lados para recibir a cualquier viajero.

Un exceso de bondad

Maimónides, en la Guía de los perplejos (III, 53), explica que la palabra jésed indica exceso. Se emplea para la benevolencia extraordinaria, la que va más allá de lo debido, y en especial para el bien que se hace a quien no tiene derecho a reclamarlo. Por eso la Creación entera es, según Maimónides, un acto de jésed: nada de lo que existe tenía derecho a existir, y Dios lo creó por pura voluntad de dar.

Cuando el ser humano actúa con jésed adopta una cualidad del Creador. Esta dimensión lo acerca a Dios y lo hace, en cierta medida, semejante a Él.

Esa benevolencia se mueve en dos ámbitos. Uno es el de las personas con las que tenemos obligaciones, como los padres, la pareja, los hijos o los amigos. El otro es el de aquellos con los que no tenemos ninguna obligación. El jésed en sentido pleno se manifiesta sobre todo en el segundo.

Jésed, mishpat y tzedaká

En el mismo capítulo, Maimónides distingue tres términos que a menudo se confunden. Jésed es la bondad que excede lo debido. Mishpat es el juicio, dar a cada uno lo que le corresponde, sea recompensa o castigo. Tzedaká, de la raíz tzédek, justicia, es dar a cada uno lo que le es debido y obrar con rectitud con los demás. En la tradición judía la ayuda al necesitado se llama tzedaká, no jésed: ayudar al pobre se entiende ante todo como una obligación de justicia.

Dar según lo que el otro necesita

Amar y dar al prójimo significa responder a su necesidad real. El Talmud lo deduce del versículo que manda prestar al necesitado «lo suficiente para lo que le falta» (Deuteronomio 15:8; Ketubot 67b). Dar lo que el otro no necesita ni pide, o darlo de forma que se sienta humillado, puede convertirse en una injusticia, por buena que sea la intención. El jésed sin medida también hace daño.

Maimónides ordena las formas de dar en ocho grados (Mishné Torá, Leyes de los dones a los pobres, 10:7-14). El más alto no es la limosna, sino ayudar a la persona a valerse por sí misma: darle un regalo o un préstamo, asociarse con ella o conseguirle un trabajo para que no tenga que depender de nadie. El segundo grado es dar de manera que ni quien da sabe a quién da, ni quien recibe sabe de quién recibe.

Amarás a tu prójimo como a ti mismo

El mandamiento «amarás a tu prójimo como a ti mismo» aparece en Levítico 19:18, y Rabí Akiva lo llamó un gran principio de la Torá. La frase pone una medida al amor: como a uno mismo. Amar a los demás más que a uno mismo, olvidándose por completo de las propias necesidades, no es un grado más alto de jésed. Suele ser señal de poca autoestima o de un trabajo deficiente en esta dimensión.

Por eso en el Árbol de la Vida Jésed nunca está sola. Frente a ella, en la columna izquierda, está Guevurá, la fuerza que pone límites. Entre ambas, Tiféret las armoniza. La bondad que no conoce ningún límite acaba desbordándose; la bondad bien medida construye.

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