Al comienzo de la Creación hay un episodio del que depende todo lo que viene después. Los cabalistas lo llaman shevirat ha-kelim, la ruptura de las vasijas. Las vasijas eran los recipientes destinados a contener los atributos de la luz infinita. Al recibirla, no pudieron soportarla y se rompieron.
La idea fue desarrollada por Isaac Luria, el Arí, en Safed en el siglo XVI, y la conocemos sobre todo por los escritos de su discípulo Jaim Vital. Tiene un antecedente en el Zóhar, que lee de forma mística la lista de los reyes de Edom que reinaron y murieron «antes de que reinara rey alguno en Israel» (Génesis 36:31). Para el Zóhar, esos reyes que mueren uno tras otro representan mundos que fueron creados y no pudieron sostenerse.
Qué ocurrió al romperse las vasijas
Según Luria, en ese primer momento la luz no podía permanecer tal como estaba en el espacio recién creado. Una parte regresó a su origen para reorganizarse y volver a entrar de una forma que la Creación pudiera recibir. Otra parte quedó atrapada entre los fragmentos de las vasijas rotas.
Esos fragmentos son las kelipot, las «cáscaras». Cubren la luz divina y la ocultan. De ahí procede lo que en Cábala se llama el mal por ocultamiento, o, como lo denomina Mario Sabán, el mal por ignorancia: el mal no es una fuerza independiente de Dios, sino luz que ha quedado escondida. Esta idea encierra una enorme esperanza para el cabalista. Si la luz sigue presente en el mundo, aunque oculta, el trabajo del ser humano consiste en descubrirla y liberarla. Ese trabajo es el tikún, la rectificación.
Un fallo aparente
A primera vista podría parecer que la ruptura de las vasijas fue un primer intento fallido, que algo salió mal y que de ahí vino el tohu vavohu, el caos y el vacío del que habla el Génesis. Los cabalistas no lo entienden así. Gracias a que las luces quedaron dispersas en el mundo finito, cada persona tiene una tarea: su propio tikún, aquello para lo que su alma vino a este mundo.
En el plano cosmológico, la luz que regresó a su origen se reorganizó en estructuras más estables, que la Cábala luriánica llama partzufim, «rostros». Con ellas se forma el mundo del tikún, el de Atzilut, capaz ya de recibir la luz sin romperse. A partir de aquí los cabalistas pueden hablar del orden que existe en la Creación, representado por el Árbol de la Vida con sus diez sefirot y sus veintidós senderos.
Lo que enseña la ruptura
La primera enseñanza es que la luz infinita no puede mostrarse tal como es dentro de la Creación. Su fuerza es tan grande que lo disolvería todo. Por eso tiene que reducirse o revestirse para poder manifestarse.
La segunda tiene que ver con el equilibrio. La fuerza que se expande necesita una fuerza que la contenga y le dé forma; si una actúa sin la otra, el resultado es el desastre. Esta idea tiene consecuencias también en el plano psicológico, por ejemplo en la necesidad de armonizar lo masculino y lo femenino. En Cábala estos dos principios no están separados: dentro de lo masculino hay algo femenino y dentro de lo femenino hay algo masculino.
Las vasijas que se rompen en nuestra vida
La existencia de cada persona está atravesada por pequeñas rupturas de vasijas. Un problema económico, una crisis familiar, una pérdida o una ruptura afectiva producen un caos en su vida. Al enfrentarse a esa situación tiene que hacer cambios que, aunque generan inestabilidad y sufrimiento, ponen las bases de una realidad nueva.
La vida es un ir y venir entre momentos difíciles y situaciones que hay que resolver, y cada una de ellas es una ocasión de crecimiento. Con la madurez, estos problemas suelen afrontarse con menos carga emocional, porque la persona ve la realidad de un modo más objetivo. Si además hace un trabajo espiritual, lo que le ocurre deja de vivirse solo como desgracia y empieza a verse como una oportunidad de desarrollarse: una vasija rota de la que todavía se puede liberar luz.