Isaac Luria, el Arí, explicó el origen del mundo como un proceso en tres tiempos: una contracción (tzimtzum), un estado de caos (tohu) y una reparación (tikún). Los cabalistas posteriores vieron enseguida que ese mismo patrón se repite en la vida de cada persona. Quien pierde algo que le daba estabilidad pasa por un momento de vacío, después por un desorden más o menos largo y, si lo atraviesa con conciencia, por una reconstrucción. En este artículo se recorre el proceso primero en los textos y después en dos situaciones concretas: la de cualquier persona ante una crisis y la de alguien que lleva años de trabajo espiritual.
El proceso según los textos
En la enseñanza del Arí, el tzimtzum es el acto por el que Dios retira Su luz para que pueda existir algo distinto de Él. Antes de la Creación, la luz infinita (Or Ein Sof) lo llenaba todo. Para que hubiera un lugar donde la Creación tuviera cabida, esa luz se contrajo. No debe entenderse como una ausencia total de Dios. Es más bien un ocultamiento: lo divino se esconde para que el mundo pueda manifestarse.
Ese espacio no quedó a oscuras. En él permaneció un resto de la luz y entró un rayo que procedía del infinito. En esta fase, que Luria llama el mundo del Tohu, las primeras sefirot no pudieron contener la luz que recibían y se rompieron. De esa ruptura surgieron las kelipot, las «cáscaras», fuerzas que ocultan la luz y generan desorden. Para el Arí, este caos no fue un error de la Creación, sino una etapa necesaria de ella.
El versículo que da nombre a esta fase es el segundo de la Torá:
וְהָאָרֶץ הָיְתָה תֹהוּ וָבֹהוּ וְחֹשֶׁךְ עַל־פְּנֵי תְהוֹם וְרוּחַ אֱלֹהִים מְרַחֶפֶת עַל־פְּנֵי הַמָּיִם
Vehaárets haitá tohu vavohu, vejóshej al penéi tehom, verúaj Elohim merajéfet al penéi hamáim. La tierra estaba informe y vacía, había oscuridad sobre la faz del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
Génesis 1:2
Después del caos llega la reparación. Tikún significa rectificación. Las chispas de luz que quedaron atrapadas en las cáscaras deben ser elevadas y devueltas a su origen. Ese trabajo se realiza en los tres mundos inferiores, ya que Atzilut, el mundo de la emanación, pertenece al plano de lo infinito:
Briá, el mundo de la creación, es el primer nivel de individualización, donde comienzan a manifestarse las almas y las inteligencias superiores.
Yetzirá, el mundo de la formación, corresponde a las emociones y a la configuración del alma. En él la separación entre las fuerzas es ya más evidente.
Asiyá, el mundo de la acción, es el plano en el que percibimos la realidad física.
El ser humano colabora en ese proceso. Cada vez que eleva su conciencia y actúa con rectitud, devuelve una parte de la armonía original. A esa tarea colectiva la tradición la llama tikún olam, la reparación del mundo.
En una crisis cotidiana
Casi cualquier situación difícil sigue este mismo orden. Hay un periodo de calma, algo que rompe el equilibrio y un trabajo posterior para salir adelante. Sirva como ejemplo una persona a la que despiden de su trabajo.
Tzimtzum. La pérdida del empleo es el momento de contracción. Su estabilidad se reduce de golpe, desaparece la estructura que le daba seguridad y su mundo, tal como lo conocía, se encoge.
Tohu. Llega el caos. Puede aparecer la frustración, la culpa, el miedo o la vergüenza. Se pregunta cuánto vale, no entiende por qué le ha pasado y puede caer en la ansiedad o en la parálisis. Haría falta una persona muy elevada, o una solución ya prevista, para que algo así no le afectara.
Tikún. Sola o con el apoyo adecuado, si afronta la situación con conciencia, empieza a reconstruirse. Busca nuevas oportunidades, se replantea su vida profesional o descubre que el despido le ha abierto una puerta que no habría visto de haber seguido donde estaba. Cada paso dado con propósito es un acto de reparación. Mantener la esperanza y mirar con perspectiva ayuda a recuperar la voluntad y a ponerse a trabajar en una realidad nueva.
El camino no es lineal. En plena reconstrucción puede volver el caos, a veces con más fuerza que al principio. Aun así, cada recaída se integra en la experiencia. La persona que sale de este proceso ya no es la misma que entró: ha aprendido y ha crecido.
En alguien con un camino espiritual avanzado
Quien lleva años de trabajo interior vive el mismo proceso, pero en otro nivel. Los místicos también atraviesan crisis en su servicio a Dios, y la tradición enseña que cuanto más alto es el nivel, más sutil es la forma en que actúa el mal.
Tzimtzum. Su conexión con lo divino parece disminuir. La presencia que antes sentía de forma constante se oculta, y se ve empujado a una introspección que no ha buscado. Puede quedar atrapado en el tehom, el abismo, ese vacío que aparece cuando el místico avanza y percibe la poca importancia de lo material, pero todavía no ha llegado a lo que busca.
Tohu. El alma vive una lucha interna intensa y puede pasar por momentos de desesperanza. Desde la perspectiva cabalística, la frustración en este plano no se resuelve solo con recursos psicológicos, porque toca la relación con lo divino. El Talmud cuenta que cuatro sabios entraron en el Pardés, el huerto de los secretos de la Torá, y que uno de ellos, Elishá ben Abuyá, terminó apartándose de la tradición (Jaguigá 14b). La elevación de conciencia en este punto consiste en entender que el caos forma parte de un proceso mayor.
Tikún. Con un trabajo constante, el místico acepta cada paso como una bendición y continúa con el estudio, la meditación y la oración, buscando la devekut, la unión con Dios. Su reparación no se queda en él: eleva también la conciencia de quienes le rodean. El tzadik, el justo, entiende que el vacío aparente es un nuevo canal de revelación y lo recibe con aceptación y gratitud.
Un modelo para el mundo y para cada persona
El ciclo de tzimtzum, tohu y tikún se aplica al macrocosmos y al microcosmos: está en la Creación y en la vida de cada uno. Según esta enseñanza, cada persona tiene su propio tikún, que forma parte del tikún de todo el mundo. El reto no consiste en evitar la fragmentación, que llega antes o después, sino en aprender a reconstruir el orden desde un nivel de conciencia más alto.
Vista así, la oscuridad cumple una función: es lo que obliga a trascender. Cuando la persona se eleva, esa oscuridad deja de tener sentido y se convierte en luz. En cada experiencia difícil hay chispas divinas esperando a ser descubiertas.